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IZNATORAF (JAEN)

Después de atravesar un inmenso mar de olivos, de vuelta de las vecinas Úbeda y Baeza por la N-322, sentido Albacete, se contempla a lo lejos la serpenteante silueta de Iznatoraf, que pugna con sus más de 1.000 metros de altitud, por adentrarse en las entrañas del cielo para dar sombra y cobijo entre sus murallas al viajero impenitente en busca de un remanso de paz y sosiego en el que ordenar sus intensas vivencias por estas tierras del renacimiento jiennense. Aquí, en la tranquilidad de sus campos, en el aroma de sus calles, en la hospitalidad de sus gentes, encontrará el viajero la placidez y la intimidad, cruzando el umbral de la Historia a través de las puertas de sus murallas de villa medieval para saborear un paisaje sorprendente de piedra, cal blanca y macetas con flor.
Iznatoraf goza de un importante patrimonio monumental, cuyos máximos exponentes son los vestigios de la antigua fortaleza árabe y la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción.
La villa de Iznatoraf ha tenido en su historia un condicionante clave: su alto y privilegiado emplazamiento, que le ha hecho justa merecedora de ser bautizada como «la eterna vigía». Poblada desde la Prehistoria, en la década de los ochenta se excavaron en sendas intervenciones cinco enterramientos de la Edad del Bronce en su casco urbano (datables entre el 1800 y el 1200 a.C.), hallándose abundante cerámica y los restos de dos cabañas, en lo que se interpretó como un asentamiento de control de las rutas mineras de Sierra Morena.